Fotografías de Deyner Caicedo
Mi bisabuela tejía con la vena del chocolatillo: trenzaba la fibra que extraía de las hojas hasta convertirla en canastos que guardaban noches y economías pequeñas. Ella, que todavía vive, aunque ya no teje, le transfirió esa paciencia a mi mamá, que cambió la fibra por el cabello. Peinó toda su vida. Sin necesidad de ceremonias, les enseñó a mis hermanas a peinarse, y lo que ella supo se transformó en una cadena de manos que aún saben sostener nudos y contar historias con la peineta.
Nos crio en Zabaletas, una vereda afrodescendiente ubicada en la zona rural de Buenaventura, en la costa pacífica colombiana. Es la primera de ocho veredas que se recogen río arriba. Cuando yo era niño, no superaba las ciento cincuenta casas; hoy son más del doble. Aun así, la comunidad parece una sola familia. De lunes a jueves la gente trabaja en sus parcelas. Cultiva lo que luego come. Atiende los montes, las siembras, los animales.
De viernes a domingo todo cambia. El turismo toma el mando. Llegan los carros desde Cali y otras ciudades del país y la vida se vuelca a atenderlos, guiarlos, mantener los negocios abiertos, dejar que la economía del pueblo respire un poco. En ese vaivén mi mamá encontraba siempre el mismo lugar. Ella trenzaba. Soñaba peinados, los conversaba, los desarmaba en su cabeza para volverlos a armar en la de otra persona.
La casa donde crecimos tenía piso de cemento con zonas donde el barro asomaba su costra. Las paredes eran tablas de madera que dejaban pasar la luz por rendijas estrechas. El techo era de zinc. Cuando llovía, el mundo quedaba bajo un solo sonido. Mi mamá peinaba en la entrada porque allí la claridad daba de frente. En las mañanas se oía el canto de los gallos. Durante los fines de semana la música llegaba de todas partes. Cada casa prendía su bafle y dejaba caer vallenatos o salsa al aire. Esa mezcla de ritmos era el telón de fondo del oficio.
Detrás de la casa crecían tres palos de pomarrosa y más arriba algunos de caimito. Cuando entraban en cosecha, la brisa traía un olor dulce que se quedaba en la entrada mientras ella trenzaba. A veces ese perfume se mezclaba con el aroma de la olla en la cocina. En mi casa se cocinaba y se peinaba al mismo tiempo. Mi mamá hacía pausas cortas para revisar el hervor y regresaba al cabello como si nada hubiese interrumpido el hilo.
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Yo siempre fui curioso (mi mamá me decía “bochinchero”). Me sentaba a los pies de quien estuviera peinando y desde ahí escuchaba todo. Las historias bajaban de las otras veredas y los rumores subían por la carretera principal. Las mujeres llegaban con el cabello alisado o completamente natural. Algunas traían un twist empezado en otra casa. Otras buscaban un riñón bien marcado para la noche en la caseta. Entre conversaciones y peinados yo aprendía, sin saberlo, a leer el pueblo por el cabello que entraba y salía de nuestra puerta mientras recogía los tubitos de cartón que mi mamá dejaba caer cuando desenrollaba el pelo sintético.
Ella tenía maneras particulares de medir el cabello. A veces formaba un arco entre la mano y el codo para calcular el largo. Otras veces doblaba la rodilla, apoyaba el pie y pasaba el cabello por debajo de la pierna para sostener la medida mientras lo desenrollaba. Eran gestos aprendidos, repetidos tantas veces que el cuerpo sabía cuánto medir antes de cortar.
Soñar peinados era el deporte de nuestro andén. Peinar era oficio, conversación y regreso al oficio. Varias veces me dejé crecer el cabello. Cuando estudiaba en la universidad, mi mamá viajaba del pueblo a Cali para peinarme y volvía el mismo día. Esos trayectos cortos acomodaban algo en la distancia. En mi nuca quedaban los vallenatos que tarareaba, sobre todo “Mi primera cana” de Diomedes Díaz, una canción que la acompañó desde joven. Siempre repetía estos versos:
Ay, adiós, se va mi juventud.
Y ahora ya no la vuelvo a ver.
Se va llena de gratitud
Y me deja solo con mi vejez.
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En Zabaletas, el río parte la comunidad en dos. Un puente une las orillas. De un lado está la iglesia principal, donde la gente es un poco más conservadora. Del otro lado está la caseta comunal. Allí se baila, se discute y se bebe, aunque no hay fronteras estrictas. Todos cruzan de un lado a otro sin pensarlo. Aun así, el puente divide algo más que el terreno. Divide maneras de ver la vida. Cuántas historias ha sostenido ese puente. Cuántas ha dejado caer.
En junio de 2004 un aguacero largo lo derrumbó. Mi mamita, que vivía en la casa más cercana, escuchó el golpe en la madrugada. Desde entonces la gente tuvo que cruzar en canoa para transbordar y continuar hacia las otras veredas. Con el tiempo levantaron un puente nuevo, aunque los escombros del anterior quedaron allí. Se volvieron paisaje. Las mujeres restregaban la ropa sobre ellos. Los niños jugábamos en el puente sin pensar que abajo había restos filosos. Al final, esos escombros, que el Estado nunca recogió, hicieron lo que nadie imaginó.
A comienzos de 2018 uno de mis primos cayó del puente de forma accidental mientras jugaba al Metegol. No alcanzó la parte honda del río donde los niños suelen lanzarse, sino que se golpeó con los restos del puente viejo que nunca fueron recogidos. Murió ese día. Recuerdo el colegio lleno de estudiantes cuando lo llevaron antes del entierro y a su mamá caminando como si la pena la hubiera vaciado. Esa fue la última vez que la vi hasta tres semanas después, cuando llegó al andén de mi casa para que mi mamá la peinara. Lloraba en silencio mientras los dedos surcaban su cabeza. Peinar a veces permite eso. Sostiene a alguien mientras el dolor encuentra un modo de bajar.
Recuerdo a una vecina que vivía cerca de la orilla. Un día dejó de alisarse el cabello. Su marido había muerto y ella permitió que su textura natural volviera sin resistencia. En el pueblo se decía que, cuando alguien no quería peinarse ni trenzarse, estaba tirada al abandono. La muerte de su marido hacía que ese abandono pareciera comprensible, incluso necesario. Sin embargo, yo me preguntaba si ese afro que llevaba al viento no era, en el fondo, la versión de sí misma que siempre había querido tener. ¿Cuántas veces el amor se confunde con la obligación de escenificar belleza ante los ojos de otro? ¿Cuántas veces el duelo devuelve a alguien a su propia forma?
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Mi mamá falleció de manera inesperada en julio de 2023. La noticia me partió como al puente que se cayó aquella madrugada de 2004. Desde entonces mi cabello se convirtió en el más fiel de mis compañeros. Lavarlo, peinarlo, hidratarlo. Repetir los gestos que vi mientras crecía. Cada movimiento me devuelve algo de ella. La serenidad. La firmeza de la mano. El modo en que sostenía la cabeza ajena para que no doliera. Entiendo, ahora, que peinarme es también una conversación con su ausencia. Es aferrarme a la certeza de que algo sigue creciendo a pesar del silencio.
He aprendido técnicas en la casa y fuera de ella. De la familia heredé la paciencia del desenredo y el gesto exacto para sujetar la cabeza; en redes encontré una comunidad que comparte sin pretensión los mismos gestos: hombres y mujeres afrodescendientes de distintos lugares mostrando sus rutinas, hablando de aceites, de crecimientos, de cuidados. Hay algo político, al tiempo sutil y exquisito, en su forma de abrazar su cabello y reivindicar su textura.
Muchas recetas me han servido, algunas suenan a invención doméstica: que la mascarilla semanal de aceite de coco con un poco de aceite de ricino y aloe vera para el brillo y la fuerza; que los baños de proteína con yema de huevo cuando las puntas piden auxilio; que el masaje capilar antes del lavado para despertar la raíz y recordarle que hay vida; que recortar un poco cada tres meses para no dejar que la rotura suba como mala hierba. He encontrado que estos son en realidad rituales de atención y maneras de mantener la conversación abierta con uno mismo.
En esos videos también he descubierto debates complejos sobre texturas, transición y vigilancia. Hay quienes hablan de pasar del cabello alisado al afro como un acto de descubrimiento y liberación, y otras sienten que esa transición las ubica bajo la mirada cuidadora o crítica de lo que algunos llaman curl policing o texturismo, la idea de que la negritud se mide por el patrón de rizos que tengas.
Percibo esa conversación como una corriente que atraviesa todos los espejos y pantallas donde se habla de cabello. En ese ecosistema, la textura 4C aparece como una categoría económica y simbólica en la que los productos dirigidos a rizos más apretados suelen costar más y exigir rituales más largos. Todo eso enraizado en jerarquías de belleza y textura que, aunque parezcan sutiles, tienen efectos muy concretos.
Por eso pensarse el cabello de otra manera implica devolverle agencia. Más allá de una cuestión estética, es archivo, compañía y decisión. En mi familia el cabello ha sido también oficio, vanidad y reparación. Cuidarlo significó, tras la ausencia de mi mamá, no solo preservar algo físico, sino abrir una conversación interna que pone de manifiesto cómo me sostengo, qué heredé y qué prefiero transformar.
Cuando me paso las manos por la coronilla, a veces con incredulidad y otras con risa, pienso en la gente de mi familia que ha trenzado con la vena del chocolatillo, con el cabello o con la propia vida. Yo, en cambio, trenzo la ausencia. La peino con calma, la humedezco, la recojo, y en ese gesto mínimo he encontrado una manera de quedarme y de darle forma al silencio hasta volverlo raíz.
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Los twists y los riñones son dos de los peinados más comunes en Zabaleta. Los twists se hacen enrollando una sección de cabello hasta formar un espiral firme sobre el cuero cabelludo. No tienen la estructura de tres mechones que define a la trenza ni el tejido pegado que carracteriza al riñón. Suelen durar poco, por eso se refuerzan con gel para que aguanten la jornada. Los riñones siguen la técnica de tres mechones de las trenzas, pero se tejen pegados al cuero cabelludo siguiendo el camino previamente dibujado por la peineta y formando una especie de mapa.
ACERCA DEL AUTOR
Comunicador de la Universidad Icesi. Fue periodista político y judicial de EL TIEMPO-Casa Editorial. Actualmente es estratega de contenidos y de la narrativa digital de la corporación Colombia Crea Talento - CoCrea.